sábado, 3 de julio de 2010

Discusiones banales

Sofilím y Crácova eran ancianas empanadas de queso y cebolla. Solían reunirse todas las tardes en el Café Las Lumbres, sito en una avenida muy concurrida de la ciudad capital.

–Me resisto a creer que Dios es ardilla –dijo Crácova, degustando una galleta.

–Los científicos no mienten. En la excavación estaba el Tótem ardillil y el Libro –aseguró Sofilím exhibiendo el periódico–. Las pruebas de ADN demuestran que Dios tiene forma de ardilla.

Pero las empanadas poseen un culto propio: el Dios-Del-Fuego; distante del Dios Judeocristiano.

–Somos fueguistas… ¿o no? –preguntó Crácova.

–Por supuesto. Su Majestad el Horno Imperecedero es rector de nuestra filosofía espiritual. El fuego nos cocinó dándonos vida. Somos sus hijas –confirmó Sofilím.

Un incidente dio un giro inesperado a la discusión. Un ladrón excesivamente gordo (empanada de verdura con ají) entró en el Café y con una escopeta exigió dinero.

–¡Quiero todo, rápido, y no hagan tonterías! ¡A la primera estupidez que vea les vuelo los repulgues! –ordenó a los presentes.

Cada uno entregó su dinero a medida que el atracador se aproximaba. Cuando llegó a la mesa de las empanadas ancianas, una de ellas se negó a colaborar.

–Es mi pensión. Me la he ganado con una vida de trabajo –se defendió Crácova.

–De nada te servirá –explicó el ladrón.

–¿Por qué?

Dos balazos hicieron explotar a aquella empanada anciana. Su amiga se echó a un lado llorando.

–Ahora comprendes –dijo el atracador, retirando el dinero del cadáver.

Terminado el asalto ya no importaba en cuál Dios creer A las balas les daba lo mismo el Dios-Del-Fuego o un Dios con forma de ardilla.