martes, 1 de mayo de 2007

Sobre la justicia

SI NO HAY JUSTICIA, HAZLA
Por Diego Arandojo


Henrika, como toda profesora de matemáticas, tenía un gato siamés. Le había apodado Pascal, en honor al célebre matemático francés.
Hasta aquí todo suena medio obvio. Salvo por el minúsculo detalle de que Henrika y Pascal se vestían como samuráis cada noche, y salían a velar por la justicia y la seguridad del barrio.
La profesora tenía 67 años, y su mascota unos 10 años aproximadamente. Se habían vuelto justicieros después de un robo en donde asesinaron al esposo de Hernika, el señor Hugo.
Los vestidos de samurai los confeccionó Eli Jako, una amiga japonesa, la única que conocía el secreto.
Por más demente que suene esta historia, es completamente real. La policía no podía explicarse la gran cantidad de criminales descuartizados que se encontraban en la entrada de la comisaría cada mañana. Los periódicos hablaban del Red Dawn, o alba roja.
En una de las tantas misiones nocturnas, Hernika salvó la vida de Horacio Pietrovallo, un dentista afamado.
–Muchísimas gracias, samurai que rindes tributo al honor con cada estocada –expresó el viejo, que ciertamente estaba delirando a causa del shock producido por el atraco.
–De nada, señor. Es nuestro trabajo. Si no hay justicia, hazla –dijo la mujer, llena de placer.
–Miau, miau –agregó Pascal, dándose cuenta que su dueña se estaba enamorando del dentista.
Antes de irse, Henrika le lanzó una sonrisa pícara a Horacio. Este, de inmediato, descubrió la verdadera identidad de la justiciera anónima.
– ¡Yo sé quién eres! –gritó, alarmando a los samuráis.
–Conozco todas las bocas de esta ciudad –agregó, generando más temor en Henrika y su fiel mascota.
Se quedaron en silencio durante unos largos segundos. Finalmente, el gato miró a su ama. Profirió un maullido raro.
– ¡Jamás me hubiera imaginado que tú, justamente tú Hen--- –su voz se ahogó.
Henrika cortó a la mitad el torso del dentista. Las dos partes de su cuerpo cayeron pausadamente. Los justicieros desaparecieron en las sombras de los edificios.

Al día siguiente, la profesora despertó con la almohada y sábanas repletas de lágrimas. No había podido conciliar el sueño. Una víctima inocente había muerto.

Fue así como jamás se volvió a escuchar sobre los misteriosos samuráis que tanto bien habían traído al barrio. No hubo Red Dawn, ni aplausos, ni nada. Los periódicos hablaron en sus titulares de Justicia decadente.

El crimen creció y muy pronto reinó el estado de sitio.

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