domingo, 6 de mayo de 2007

Filosofía de vida

TODO LO QUE SABE EL SEÑOR T


De entre todas las letras del alfabeto eligió la T.

La consecuencia de esto en la oficina era la burla constante. Un mar de risas a las nueve de la mañana, y otro tanto a las seis de la tarde.

Sin embargo, el señor T no era tan moreno y musculoso como el personaje de la serie televisiva de los ’80 The A-Team (con sus respectivas traducciones a los demás países iberoamericanos).
No. Este señor T era flaco, calvo, sin ningún tipo de músculo sobresaliente. Lo único que era destacable era su nariz. Gruesa, alargada, llena de granos.

Pero toda esta idiotez de colocar seudónimos y asociarlos con seriales televisivos tuvo un final abrupto. Esto sucedió justamente cuando nos enteramos que el señor T era el director general de la CIA.

De hecho cometí un error semántico. No nos enteramos. Me enteré.

Y esto aconteció en el cuarto de baños del tercer piso de la empresa en donde trabajaba. En aquel lugar, donde siempre acudía el señor T, una tarde de Abril, se me aproximó con mohín de agotamiento.
–Tengo que decírselo a alguien –espetó, casi exhalando fuego por su boca.
– ¿Qué cosa? –pregunté, cerrando mi bragueta.
–A partir de que te cuente una sola línea de mi historia, tu vida cambiará para siempre… ¿aceptas? –interrogó.
Creyendo que se trataba de alguna tontería le dije que sí.
–Muy bien. Eres valiente –agregó.
Acto seguido me contó sobre su actual cargo en la CIA, y toda la responsabilidad que tenía sobre sus hombros.
Obviamente me lo tomé como una broma. El señor T debía estar enojadísimo con nosotros y buscaba crear cierta historia mitológica para levantar su mala reputación.

Estaba equivocado. Apenas salí del trabajo y subí al ómnibus que me conduciría a casa, dos robustos hombres de traje gris se me abalanzaron. Aplicaron unas jeringas pequeñas en mi cuello y perdí el conocimiento.

Desperté en la bodega de un barco. O al menos parecía eso. Esperé varias horas. El hedor a pescado era horripilante. Vomitivo. Sí. Vomité dos o tres veces.

Perdí la noción del tiempo. Las luces instaladas sobre los muros iban y venían. La marea hacía sentir su barriga inflada.

Finalmente la única puerta presente allí se abrió. Apareció el señor T, trayendo una silla. La colocó delante de mí. Luego tomó asiento. Estaba serio, pero dibujó una sonrisa en su rostro.
–Disculpe que lo trajeran así, pero era necesario –dijo, con tono de excusa.
– ¡Quiero salir de aquí ya mismo! –exigí.
–Me temo que todavía no será posible –agregó.
– ¡¿Qué?!
Antes de que dijera algo metió la mano en el bolsillo derecho de su pantalón, buscó unos segundos y luego sacó lo que parecía ser un diamante.
– ¿Sabe lo que es esto? –preguntó.
–No me interesa. Déjeme ir –insistí.
–Usted se lo pierde –comentó y volvió a guardarlo.

Todo se estaba tornado altamente bizarro y, sobretodo, tenso. El señor T se quedó callado un cuarto de hora.

–Bien. Ya que usted se ha vuelto monotemático, haremos un poco de racconto. ¿Le parece? –preguntó.
–Sí. Muchas posibilidades de responder otra cosa no tengo –dije, con ese sarcasmo angustiante que afloraba por mis dientes.
–Tiene razón. En fin. Usted está aquí porque aceptó escuchar mi historia. ¿Recuerda nuestro encuentro en el baño del tercer piso de la empresa?
Claro que lo recordaba. Ahora la angustia en mis dientes bajó velozmente a mi garganta, apretándola con rigidez.
–Sí. La recuerdo –respondí.
–Le dije que dirijo la CIA. La agencia de inteligencia más poderosa sobre la Tierra. Y que he viajado por todo el globo, realizando toda clase de misiones, que por mis manos pasaron litros de sangre de todas las nacionalidades conocidas… y por conocer –comentó.
–Sí –dije, optando luego por el silencio.
–Muy bien. Ahora viene el plato fuerte de todo esto –expresó con cierto suspiro trágico.
Se levantó con intención de decir algo extraordinario, o temiblemente oscuro. Las luces de la bodega lo transformaron en un personaje del cine expresionista.
–Sé la fecha exacta en que dejará de existir la raza humana –manifestó.

La primera reacción que tuve fue de reírme. Lo más fuerte que pudiera. No quería hacerlo, quería obligar a mis pulmones, forzar mis labios, pero reí.

El señor T mantuvo su pose de honda seriedad.
–Usted no entiende nada –me dijo–. Sé el día, la hora, el minuto, el segundo en que no habrá más humanidad.
–Supongamos que le creo… ¿de qué me va a servir saberlo? Seguramente suceda en 500… 1000… 2000 años… –le comenté, casi escupiéndole la cara, con todo el resentimiento acopiado.
Se me aproximó. Siempre con el mismo gesto serio, de gato silente.
–Creí que usted iba a tener algo más de inteligencia. Pero no es más que otro primate en un mundo de primates –comentó con repugnancia.
Volvió a sentarse.
–Pero bueno… tal vez fui un poco duro. Voy a darle una pista que lo ayudará a medir la magnitud de la noticia que le comenté –indicó, gesticulando con las manos.
–Hágalo rápido. Quiero irme –manifesté con enojo.
–A pesar de que las teorías científicas han transformado a la humanidad en otro animal más del planeta… el hombre sigue siendo el eje del universo.

En ese instante el señor T dejó de hablar. Noté cierta tensión en sus ojos, en su barbilla.
–Sin raza humana, no hay existencia. Las galaxias, el espacio en su totalidad se va por la alcantarilla filosófica, para ponerlo en palabras comprensibles –detalló con languidez–. ¿Por qué soñamos cada noche? Porque construimos con nuestras mentes, tejemos, damos vida y muerte a estrellas, a mundos, a constelaciones… la Tierra desparrama billones de órdenes alrededor de todo el universo.

Todo se estaba volviendo cada vez más confuso y, para peor, tenía jaqueca. El señor T se dio cuenta de esto por mis gestos de reprobación.
–Yo sé, y ahora usted sabe también –dijo y se levantó con determinación.
Metió la mano en el otro bolsillo de su pantalón. Sacó un revólver. Me apuntó y disparó.
La bala me mató en el acto.

Al cabo de unos segundos se abrió la puerta. Apareció un viejito enjuto, de traje negro. Este caminó lentamente hacia el señor T, que miraba mi cuerpo tendido sobre un charco de sangre.
– ¿Te sientes mejor ahora? –le preguntó.
–Sí. Tenía razón, doctor. Necesitaba desahogarme con alguien –finiquitó el señor T, dejando la habitación.

El psicólogo sonrió plácidamente y verificó por teléfono el saldo de su cuenta bancaria. Ya le habían acreditado los dos millones de dólares, el precio de su extraña pero efectiva terapia.

2 comentarios:

  1. Hoy elijo la G.....mú güeno, Vull.



    ;-)

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  2. Que bueno estuvo eso

    posta,
    voy a seguir revisando a ver que mas me perdí

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